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El plástico en los océanos: ¿por qué la solución todavía está lejos?

Según las estimaciones científicas, cada año acaban en los mares del mundo millones de toneladas de plástico, aunque las cifras exactas varían considerablemente según la metodología. La mayor parte de los residuos no acaba directamente en el mar, sino que llega allí a través de los ríos, sobre todo en partes de Asia, donde la infraestructura de recogida y tratamiento no logra seguir el ritmo del crecimiento del consumo. Tampoco debe pasarse por alto el papel de la pesca, ya que las redes perdidas o desechadas siguen capturando peces, tortugas y delfines durante años.

Las corrientes marinas, que en el norte del Pacífico forman enormes sistemas circulares, llevan décadas concentrando los residuos flotantes en unas pocas zonas. La más conocida de ellas, la llamada gran mancha de basura del Pacífico entre California y Hawái, según las estimaciones es unas tres veces más grande que Francia. Sin embargo, la imagen de una isla flotante de basura sobre la que se podría caminar es engañosa: los residuos en su mayoría se han descompuesto en innumerables fragmentos diminutos que flotan bajo la superficie y apenas se ven desde la cubierta de un barco. Para los animales marinos las consecuencias son a menudo fatales: las tortugas confunden las bolsas de plástico con medusas, y las aves marinas alimentan a sus crías con trozos de plástico, lo que puede llevar a la muerte por inanición con el estómago lleno.

Bajo la influencia de la radiación ultravioleta y la acción mecánica de las olas, el plástico no se degrada, sino que solo se fragmenta en partículas cada vez más pequeñas. En la literatura especializada los fragmentos menores de cinco milímetros se denominan microplásticos. Estos ya han sido detectados casi en todas partes, desde la cima del Everest hasta la fosa de las Marianas, lo que muestra hasta qué punto el plástico ha penetrado en los ecosistemas mundiales. También se han encontrado partículas microscópicas en la sal de mesa, en el agua potable e incluso en la sangre humana y en la placenta, aunque los métodos de medición todavía son objeto de debate científico. Si y en qué medida los microplásticos dañan la salud humana, por ahora no se puede decir con certeza; sin embargo, muchos investigadores consideran que sería imprudente esperar pruebas concluyentes antes de tomar medidas.

En 2019 la Unión Europea respondió con una directiva sobre los plásticos de un solo uso, que se dirige a los productos que con más frecuencia se encuentran en las playas europeas. Desde 2021 las pajitas, los cubiertos de plástico y los bastoncillos de algodón están prohibidos en los estados miembros, siempre que existan alternativas fácilmente disponibles. Sin embargo, los críticos señalan que estas prohibiciones son simbólicamente importantes, pero abarcan solo una pequeña parte del total de residuos plásticos, y que sin reducir la producción el problema no podrá resolverse.

Precisamente por eso, en 2022 los estados miembros de las Naciones Unidas acordaron elaborar un tratado global jurídicamente vinculante que abarcaría todo el ciclo de vida de los plásticos, desde la producción hasta la eliminación. Las negociaciones, que debían concluir a finales de 2024, han quedado hasta ahora sin resultado, porque los intereses de los participantes difícilmente pueden conciliarse. Numerosos estados, entre ellos los miembros de la Unión Europea, reclaman límites vinculantes a la producción de plástico primario, porque consideran que el reciclaje por sí solo no sería suficiente. Por otro lado, los países productores de petróleo, como Arabia Saudí y Rusia, rechazan cualquier restricción a la producción y quieren que el tratado se limite sobre todo a una mejor gestión de los residuos. Si no se encuentra un compromiso, existe el peligro de que al final se adopte un tratado sin verdadera fuerza, que serviría más como símbolo que como instrumento eficaz.

Solo una cosa parece segura: mientras la producción mundial de plástico siga creciendo, ni siquiera los mejores sistemas de reciclaje podrán detener el flujo de residuos hacia los océanos. Por eso la solución probablemente no vendrá solo de la tecnología, sino que requerirá cambios profundos en la forma en que producimos, envasamos y consumimos.

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